árbol

!/images/27.jpg (FIA – Thar)!

Siempre ha estado ahí, brindando su sombra, su refugio. Son tantos los que simplemente pasan por alto su presencia, pero por supuesto están los que no pueden ignorarlo. Quién diría que en este santuario de muerte está él, imponente y lleno de savia, nutrido del polvo que terminamos siendo todos algún día.

No pueden faltar las historias en torno a él. Particularmente la que más me gusta, es la que cuenta que ese árbol hace cientos de años era un joven hombre que perdió a su mujer, exactamente en ese lugar. De tanto esperar su regreso, inmóvil, terminó corvintiéndose en este que hoy vemos.

Sólo una tumba permanece bajo su sombra, es la de una niña que murió a los 5 días de nacida. Que por alguna razón es la única que sus raíces no han destruido. Cientos de familas han intentado descansar bajo sus ramas, y una vez sepultado el difunto, basta con que de la noche y el piso retumbe con el crujido de la madera quebrandose.

Los domingos y en especial los días festivos, esos en los que la gente viene en grandes cantidades. Son las mascotas y los niños los que se acercan a él. Desde su copa se puede ver el mar, y eso hace que los niños se aventuren a casi diez pisos sobre el suelo para apreciar la maravilla. Mientras resuenan en medio del silencio las voces de sus madres, que insisten “bajate de ahí, sino vas a ver”

Pero el mejor de todos los momentos es después de las cinco, cuando se cierran los portones, y llegan los que nunca se fueron y se acercan al árbol a esperar a las mujeres, que en algún lugar abandonaron.

el 18 de enero

!/images/26.jpg (Grandpa – TheRyan4000)!

Carta a un ciudadano/a, que la leerá
el 18 de enero del año siete mil millones dos mil seis. Justo antes de la colisión de galaxias a las cinco de la tarde…

Carlos:

Tiempo habrá ya para explicar por qué apareció de la nada esta carta en tu mano, como ya sé son la cinco de la tarde y las galaxias están a punto de colisionar. Por lo que dicta la historia ese día, todos estaban listos para morir, pero esta es la prueba de que pasó todo lo contrario. Esta carta la envió desde mil millones de años más adelante ¿como sé esas cosas? por qué sé que llevas la suéter roja, la camisa blanca y el jeans azul oscuro. Lo sé por que ya lo viviste por que así pasó ese día, la carta apareció en tu mano izquierda, por que tu derecha está ocupada tomando la de tu novia, supongo que ahora si tengo tu atención.

Primero respira profundo y no se preocupen. Es cierto las galaxias van a colisionar, pero lo que nadie sabía es que las galaxias traen vibraciones diferentes. Sí, lo sé, algo muy poco común en la misma dimensión pero así fue, lo que está a punto de suceder abrirá los ojos de todos, este extraño barajamiento de planetas nos dejará acceder a la información acumulada en nuestro subconsciente y nuestro código genético, dejándonos así saber exactamente todo lo relacionado a la infinidad de sucesos que pasaron para que estemos en este preciso momento donde estamos. En pocas palabras uno nace sabiendo absolutamente todo lo que sus progenitores sabían, con completo dominio de esa información, el termino niño/adulto/anciano es ya uno solo, ser humano. El avance tecnológico que viene no tiene precedente y el entendimiento con la naturaleza será mágico, si es que cabe usar esa palabra. Sé que aun no respondo que fin tiene esta carta pero tenía que aclarar un poco el por qué sé estas cosas.

Hay un dato que no hemos podido averiguar, no ha habido forma de dar con un eslabón que nos conecte a la rama que sabía eso, después de buscar y buscar y seguir buscando, encontramos que tu eres el que tiene aún la oportunidad de llegar a esa información, simple y sencillamente por el lugar donde estás en este instante, por la persona con la que te encuentras y lo más importante por el anciano que va a pasar frente a ti en el momento exacto que vean el destello producido por el efecto del encuentro de las dos vibraciones. Lo único que debes hacer es preguntarle el nombre a ese señor que llamara tu atención, sabemos que lo viste pero no paso por tu mente preguntarle el nombre, ni como se encontraba, ni a nadie más. Esa información tan valiosa, el secreto más antiguo de la humanidad se perderá dentro de unos minutos, pero puede perdurar mil millones de años más con solo ser amable con ese anciano canoso que te está mirando en este instante.

_-Alberto_

si el mar se secase

!/images/24.jpg (Vue sur la mer – oPheMuSe)!

Con su andar pausado, desnuda por la casa, después de haber inundado la sala por el puro placer de ver las cosas mojarse. La hicieron sentirse mucho más ligera y en paz. Tenía semanas queriendo llorar. Aún no lo había logrado, pero la escena que capturaban sus ojos la reconfortaba y la hacían sentirse desahogada. Sus pies fríos, las manos moradas, sus pezones firmes y el sutil tiritar de su cuerpo la hacían sonreír.

El mantel heredado de su abuela lloraba por ella, la tierra que se desbordaba de las macetas saturadas por el líquido le purificaban las entrañas. No buscaba la razón del por qué había empezado a tener esa necesidad de mojarlo todo. Prefería sentir los pequeños océanos que acaba de crear con la planta de sus pies. Jugando a ser aquel hijo de dios que según cuentan podía caminar sobre el agua.

El tiempo transcurría y todo en vez de estar más seco, estaba cada vez más húmedo, la madera se empezaba a hinchar, los cojines ya eran una pasta dura y pegajosa. El agua seguía corriendo, buscando el camino hacía el mar como siempre lo ha hecho, como siempre lo hará.

Sus ojos se clavaron en el agua que huía por las gradas, se pregunto que sucedería si el mar se secase. Llego a la conclusión que el agua se detendría que ya no tendría razón de estar viva. Se quedaría inmóvil preguntándose que hacer. Claro siempre estará el agua joven que no se desanimará tan fácilmente y correrá un par de siglos más antes de convencerse que el mar ha desaparecido por completo.

Sonó el teléfono, miró a sus espaldas, le sorprendió lo bella que se veía en el reflejo que le devolvía el suelo. El teléfono seguía rompiendo la calma. Levanto la manguera y lo empezó a mojar. Mientras hacía esto el aparato empezó a toser, hasta que se ahogó por completo.

Las ganas de llorar eran ya un murmullo que traía la negación a sentirse bien. Dejo la manguera en el piso. Se acostó a la par de ella y se perdió en las caricias que le brindaba el agua en su perfecta espalda.

Desde entonces el agua no deja de brotar de la casa y en las ventanas garabateado con barro se puede leer “el mar nunca se secará”.

ella sabe, no le digas

!/images/23.jpg (Carrer Montcada – La Ribera)!

resulta que un dia de estos iba caminando por la avenida primera,
justo donde se junta con la calle cinco, en eso un hombre se acerca a mi y me dice, «ella sabe, no le digas», como era alguien que no conocia y como tenia cierto aspecto de indigente decidi no prestarle atencion. a eso de la calle nueve una niña vestida de blanco me miró amablemente y dijo, «ella sabe, no le digas». como podran suponer en ese momento me desconcerte bastante, ya que como ustedes muy bien saben exactamente hacia dos calles aquel misterioso hombre me habia dicho exactamente las mismas palabras.

busque una razon para todo esto pero la lluvia me mojo los pies, desde que empece mi caminata se podia oler la lluvia y era cuestion de tiempo para que me diera su humeda bienvenida.

pasaron unas calles mas al ritmo de mi andar y la frase del hombre y la niña no dejaban de repetirse en mi cabeza. me saco de mi estado un fiat blanco que casi me levanta en la esquina. en duo al agresivo sonido del la bocina el conductor gritaba «ella sabe, no le digas». mis ojos se critalizaron. un frio empezó a subir desde la mas profunda de mis terminales nerviosas.

todo estuvo claro, pero, ¿como sabia? ¿quien le habia dicho?. el andar se convirtio en grandes pasos, los grandes pasos en trote, el trote en enormes sancadas y antes de pasar la siguiente esquina, ya mi cuerpo lo arrastraba el alma, la cual trataba de salirse con cada latido del corazon.

faltaban unas cinco calles para llegar al cafe donde habia quedado con ella. las primeras tres ya se habian esfumado. entre mas me acercaba al cafe eran mas las bocinas que gritaban, la gente salia a los balcones, los amantes dejaban de amarse, los niños me seguian el paso y gritaban todos en un coro ensordecedor «ella sabe, no le digas».

estaba a punto de perder la razon, ya solo quedaba una calle, no podia dejarme abrumar por el barullo del mundo que hoy se habia reducido a cinco palabras dedicadas a mi.

ella estaba sentada, iluminando todo como era de costumbre. al verme venir a toda velocidad se puso de pie, me extendio sus brazos y antes que pudiera decir palabra alguna, me beso tiernamente y dijo «no digas nada, ya lo se».

(me disculpo por la ausencia de las tildes pero andaban buscando a las mayusculas que se habian escapado con los guiones a visitar al presidente)

desprender las palabras

!/images/20.jpg (Giorgio de Chirico – Mystery and Melancholy of a Street – 1914)!

Desprender las palabras de lo cotidiano, darles ese tono que uno espera y no dudar ni un segundo de lo que está por venir.

Porque el tocó la puerta y nadie vino a responder. Las buenas costumbres le habían enseñado a no precipitarse, a no tomar a la ligera las cosas y mucho menos a llamar a la puerta dos veces.

No sabía que hacer. Todo su ser lo empujaba a llamar una vez más. Estaba seguro que alguien ahí adentro lo dejaría entrar. Miró al cielo. No buscando una señal, mucho menos evitando mirar la puerta. Ni él sabía por que había elevado la mirada. Lo que si le parecía particular era que el cielo estaba estrellado. Y recordaba perfectamente que había llegado a ese lugar con los primeros rayos de sol, con el único fin de desprender las palabras de lo cotidiano. Devolvió sus ojos a la puerta y empezó a dibujar en su mente lo que había detrás de ese trozo de madera inerte.

Boceteó en una esquina un sillón sumamente viejo, cansado de estar sentado toda su vida. Con los cojines ajados y los descansos desbarnizados por los años. Pero indudablemente el sillón más disputado de la casa. Al lado una chimenea que siempre soñó con ser caldero de un barco de vapor. Para conocer todos los lugares que los maderos al calor de la noche le habían contado.

En frente de la chimenea y el sillón, una mesa que padecía de amnesia. Cada cosa que ponían sobre ella era olvidada por completo por su dueño. Directo de donde se encontraba, unas escaleras cubiertas de polvo, perfectas para escribir el nombre sobre ellas y por alguna razón parecían nunca dejar de subir. Al lado derecho la puerta a la cocina que nunca estaba cerrada. Un comedor de ocho puestos sumamente orgulloso. En la esquina al lado de la ventana el reloj de péndulo que siempre marcaba las cuatro, pero que sin falta hacía retumbar las entrañas de la casa a media noche. Nunca había estado ahí pero no podía ser de otra forma.

Tenía un papel en la mano izquierda. Seguía sin entender que quería decir exactamente ese trozo de papel que había encontrado en su habitación horas atrás. Lo había intrigado tanto la forma en que estaba escrito, que había olvidado por completo que los papeles tienen dos lados.

Las ganas de volver a tocar se volvían insoportables pero lo último que quería era contradecir las normas que claramente sus mayores le habían enseñado. Ya no era solo él, el viento soplaba alentándolo, demostrándole que solo tenía que seguir adelante. Entreabrió el puño y leyó esa perfecta firma «Stella» garabateada en tinta china.

El viento fue ahora el que no pudo más. Le arrebató de la mano el preciado papel, quiso atraparlo. Una, dos, tres veces, pero él ágilmente esquivaba la torpe mano que lo intentaba volver cautivo. En una hazaña colmada de precisión el papel se escapó entre el borde de la puerta y el suelo.

Se quedó sin aliento. La mirada se perdió en ese finísimo abismo. El tiempo desapareció y él de su mano. Simplemente dio media vuelta y partió. Aún hoy se puede ver el papel en el suelo al otro lado de la puerta donde dice: «Pasa la puerta está abierta.»