si el mar se secase

!/images/24.jpg (Vue sur la mer – oPheMuSe)!

Con su andar pausado, desnuda por la casa, después de haber inundado la sala por el puro placer de ver las cosas mojarse. La hicieron sentirse mucho más ligera y en paz. Tenía semanas queriendo llorar. Aún no lo había logrado, pero la escena que capturaban sus ojos la reconfortaba y la hacían sentirse desahogada. Sus pies fríos, las manos moradas, sus pezones firmes y el sutil tiritar de su cuerpo la hacían sonreír.

El mantel heredado de su abuela lloraba por ella, la tierra que se desbordaba de las macetas saturadas por el líquido le purificaban las entrañas. No buscaba la razón del por qué había empezado a tener esa necesidad de mojarlo todo. Prefería sentir los pequeños océanos que acaba de crear con la planta de sus pies. Jugando a ser aquel hijo de dios que según cuentan podía caminar sobre el agua.

El tiempo transcurría y todo en vez de estar más seco, estaba cada vez más húmedo, la madera se empezaba a hinchar, los cojines ya eran una pasta dura y pegajosa. El agua seguía corriendo, buscando el camino hacía el mar como siempre lo ha hecho, como siempre lo hará.

Sus ojos se clavaron en el agua que huía por las gradas, se pregunto que sucedería si el mar se secase. Llego a la conclusión que el agua se detendría que ya no tendría razón de estar viva. Se quedaría inmóvil preguntándose que hacer. Claro siempre estará el agua joven que no se desanimará tan fácilmente y correrá un par de siglos más antes de convencerse que el mar ha desaparecido por completo.

Sonó el teléfono, miró a sus espaldas, le sorprendió lo bella que se veía en el reflejo que le devolvía el suelo. El teléfono seguía rompiendo la calma. Levanto la manguera y lo empezó a mojar. Mientras hacía esto el aparato empezó a toser, hasta que se ahogó por completo.

Las ganas de llorar eran ya un murmullo que traía la negación a sentirse bien. Dejo la manguera en el piso. Se acostó a la par de ella y se perdió en las caricias que le brindaba el agua en su perfecta espalda.

Desde entonces el agua no deja de brotar de la casa y en las ventanas garabateado con barro se puede leer “el mar nunca se secará”.

ella sabe, no le digas

!/images/23.jpg (Carrer Montcada – La Ribera)!

resulta que un dia de estos iba caminando por la avenida primera,
justo donde se junta con la calle cinco, en eso un hombre se acerca a mi y me dice, «ella sabe, no le digas», como era alguien que no conocia y como tenia cierto aspecto de indigente decidi no prestarle atencion. a eso de la calle nueve una niña vestida de blanco me miró amablemente y dijo, «ella sabe, no le digas». como podran suponer en ese momento me desconcerte bastante, ya que como ustedes muy bien saben exactamente hacia dos calles aquel misterioso hombre me habia dicho exactamente las mismas palabras.

busque una razon para todo esto pero la lluvia me mojo los pies, desde que empece mi caminata se podia oler la lluvia y era cuestion de tiempo para que me diera su humeda bienvenida.

pasaron unas calles mas al ritmo de mi andar y la frase del hombre y la niña no dejaban de repetirse en mi cabeza. me saco de mi estado un fiat blanco que casi me levanta en la esquina. en duo al agresivo sonido del la bocina el conductor gritaba «ella sabe, no le digas». mis ojos se critalizaron. un frio empezó a subir desde la mas profunda de mis terminales nerviosas.

todo estuvo claro, pero, ¿como sabia? ¿quien le habia dicho?. el andar se convirtio en grandes pasos, los grandes pasos en trote, el trote en enormes sancadas y antes de pasar la siguiente esquina, ya mi cuerpo lo arrastraba el alma, la cual trataba de salirse con cada latido del corazon.

faltaban unas cinco calles para llegar al cafe donde habia quedado con ella. las primeras tres ya se habian esfumado. entre mas me acercaba al cafe eran mas las bocinas que gritaban, la gente salia a los balcones, los amantes dejaban de amarse, los niños me seguian el paso y gritaban todos en un coro ensordecedor «ella sabe, no le digas».

estaba a punto de perder la razon, ya solo quedaba una calle, no podia dejarme abrumar por el barullo del mundo que hoy se habia reducido a cinco palabras dedicadas a mi.

ella estaba sentada, iluminando todo como era de costumbre. al verme venir a toda velocidad se puso de pie, me extendio sus brazos y antes que pudiera decir palabra alguna, me beso tiernamente y dijo «no digas nada, ya lo se».

(me disculpo por la ausencia de las tildes pero andaban buscando a las mayusculas que se habian escapado con los guiones a visitar al presidente)